Rascar-Rascarse

1.

Rascarse, rascarse hasta la calma, rascarse hasta entender que rascarse por rascarse es el acto supremo al que aspira toda la filosofía.

 

Rascarse hasta que las uñas sean bálsamo, agua fría y aire fresco en el escozor de alguna tarea incompleta; hacerlo hasta alcanzar el reposo que sólo el estoicismo entiende. Cuando nos rascamos no sólo frotamos las uñas contra un superficie: hay retorno, un flujo dependiente en el picar/rascar. Es el ying con el yang, es el dolor seguido del placer, es Tánatos tentando a Eros y esto, seguramente, algún griego lo advirtió, como sucede con las cosas que deben pensarse.

 

Rascarse es descubrir en una suerte de pequeña conquista nuestro cuerpo, o de vez en cuando, el cuerpo del otro. Cuando las mascotas se rascan sus dueños sospechan de inquilinas no deseadas, cuando nos rascamos y encontramos algún intruso sospechamos de nuestros hábitos, de nuestros vecinos, incluso hasta de las mascotas. El acto de rascarse implica un descubrimiento. Incluso en estos hallazgos realizamos diagnósticos que moderan nuestra vida, en una tarde cualquiera nos levantamos con un grano que nos dice- -deja de beber ron o deja de comer porquerías, eres adolescente o sufres de alguna alergia, tienes un problema de ansiedad o una caspa ni la berraca. Todos los caminos conducen a Roma, pero pocos saben que rascarse es el camino.  

 

Otro ejemplo: los perros callejeros santifican las ciudades, que quede claro, y en su rasquiña, en su pitaña, en su sarna vital, en esa, su danza desesperada, nos hacen detener el paso; cuando se rascan interrumpen el orden natural de las cosas, hacen crecer en nosotros la necesidad de desviar la mirada rutinaria de nuestro día en ese, su cortejo diario con las errancia en esto nos dicen también estamos descubriendo algo. Decía Delmore Schwartz que Los perros son Shakesperianos.

 

Dos: Cuando alguien se emborracha, existe la expresión “rascarse” o se puede reemplazar la expresión borrachera por “Rasca”. Al fin, si no, la embriaguez es producida por un escozor tan infame en el alma, que solo  las uñas del alcohol dan reposo.

Aún con esto no debemos olvidar que hay otro nivel en la micro configuración de esta práctica relegada ser estudiada sólo por dermatólogos: el nivel superior del que hablamos al principio: el de rascarse por rascarse, el de rascarse no para aliviar el escozor, sólo rascarse porque sí, el de rascarse como lo hace el que piensa, el que no sabe en qué ocupar las manos, el que encuentra gozo en hacerlo, el que necesita rascarse aunque no le pique nada hace un algo a lo que debemos aspirar. Y es que este rascarse se parece al dudar; dudar es la rasquiña del pensamiento, es escarbar un cuerpo en el que deseamos encontrar algo, darle descanso a un cabo suelto que incomoda.  En esto está la maestría, en encontrar el reposo cuando no hay cansancio.

 

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Salar de Uyuni. día1

Ustedes se las dan de alcoholicos pero esto es realmente conmovedor, esto es puro amor al trago. Al Salar de Uyuni viajamos en una caravana de 15 personas repartidas en 3 camionetas, presenciamos de todo por el camino: un japonés le propuso matrimonio a su novia peruana, se descubrieron paternidades y se hicieron las acostumbradas tomas con efectos de reflejo en el salar, cada uno se tomó su selfie para redes y posó sin mucho reparo con unos dinosaurios de juguete; sin embargo estos dos amigos decidieron hacerle un fotoestudio a la tercera botella de Old Parr que llevaron consigo, no llevaban mucho equipaje pero a la mano siempre tenían la copa presta, y siempre le pedían al guía consejos para hacer que el whiskey fuera el protagonista de sus tomas. Ninguno se tomó foto solo, siempre posaron con su botella. El único inconveniente fue que este par de compinches iban compartiendo camioneta conmigo y todo comenzó a empeorar cuando me fijé que el conductor estaba igual de entusiasmado con el Old Parr, como todos en la camioneta. El conductor se empezó a dormir en pleno salar, lo bueno fue que no hubo nada contra qué chocar.

 

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